header icons

ALOJAMIENTO PARA CRISTO

De nada sirve decir que hemos nacido dos mil años muy tarde para dar alojamiento a Cristo. Ni los que vivan hasta el fin del mundo habrán nacido muy tarde. Cristo está siempre con nosotros, pidiendo alojamiento en nuestros corazones.

Pero ahora es con la voz de nuestros contemporaneos que El nos habla, con los ojos de las cajeras de tiendas, trabajadores de fábrica, habitantes de barrios marginados y de amas de casa que El otorga. Es con los pies de soldados y vagabundos que El camina, y con el corazón de cualquier necesitado que El anhela refugio. Y darle alojamiento o de comer a cualquiera que lo pida, o lo necesite, es dárselo a Cristo.

Nosotros podemos hacer ahora lo que hicieron aquellos que le conocieron en los días de su carnalidad. Yo estoy segura de que los pastores no lo adoraron y luego se fueron para dejar a María y su Hijo en el establo, sino que de alguna manera les encontraron alojamiento, aunque lo que ellos tenían que ofrecer podía haber sido suficientemente primitivo. Todo lo que los amigos de Cristo hicieron por El durante su vida, nosotros lo podemos hacer. La suegra de Pedro se apresuró a cocinarle una comida para El, y si alguna cosa en los Evangelios se puede inferir, seguramente es que ella le dio lo mejor que ella tenía, sin un pensamiento de extravagancia. Mateo hizo una fiesta para El, invitando a todo el pueblo, así que la casa estaba llena de alegría, y los estrictos Fariseos–la gente buena–se escandalizaban.

La gente de Samaria, despreciada y aislada, estaba contentísima de darle a El hospitalidad, y por días El caminó, y comió, y durmió entre ellos. Y la más hermosa de todas las relaciones en la vida de Cristo, después de Su relación con su Madre, es Su amistad con Marta, María y Lázaro y la continua hospitalidad que El encontró con ellos. Es una vertiginosa idea que había una vez dos hermanas y un hermano a quien Jesús consideraba casi como Su familia y donde El encontró un segundo hogar, donde Marta seguía con su ágil trabajo de manera orgullosa de su casa, y María simplemente se sentó en silencio con El.

Si no hubiesemos recibido las palabras propias de Cristo de ésto, parecería una locura delirante creer que si yo ofreciera una cama, alimento y hospitalidad a algún hombre o mujer o niño, yo estoy repitiendo la parte de Lázaro, Marta o María y que mi huesped es Cristo.
No hay nada que lo demuestre, tal vez. No hay aureolas ya brillando alrededor de sus cabezas–al menos nada que los ojos humanos puedan ver. No es probable que me sea concedido la visión de Elizabeth de Hungría, que acostó a un leproso en su cama y después, cuando fue a atenderlo, ya no vio la cara amedrantada del leproso, sino la cara de Cristo.

Hace algún tiempo leí la noticia de la muerte de un sargento-piloto que había muerto en el servicio activo. Después de la información común, habíase agregado un mensaje que, yo me imagino, es probable que sea imitado. Decía que cualquiera que hubiese conocido al joven fallecido sería siempre acogido en la casa de sus padres. Así, que aún ahora que ha terminado la guerra, el padre y la madre continuarán acogiendo a desconocidos por la simple razón de que ellos recordarían a su hijo muerto por los amigos que él había hecho.

Esto es más bien como la costumbre que existía entre las primeras generaciones de cristianos, cuando la fe era un fuego ardiente que daba más calor que aquellos que la mantenían ardiendo. En cada casa entonces, se mantenía un cuarto para cualquier desconocido que pudiese pedir alojamiento, este era llamado “el cuarto desconocido”, y esto no porque esta gente, como los padres del piloto fallecido, pensasen que podrían encontrar algo de alguno que ellos amaban en el desconocido que lo usara, no porque el hombre o mujer a quien ellos daban alojamiento les recordara a Cristo, sino porque–claro y simple y estupendo hecho–él era Cristo.

Sería una tontería pretender que siempre es facil recordar esto. Si todos fuesen santos y guapos, con “alter Christus” brillando en luces de neon emanando de ellos, sería facil ver a Cristo en todos. Si María se hubiese aparecido en Belén, vestida, como dice San Juan, con el sol, una corona de doce estrellas sobre su cabeza, y la luna bajo sus pies, entonces la gente hubiese peleado para hacerle campo a ella. Pero ese no era el camino de Dios para ella, no es el de Cristo para si mismo tampoco, ahora cuando El está disfrazado bajo todo tipo de humanidad que pisa la tierra.

Para ver que tanto comprende uno esto, es bueno preguntarse honradamente ¿que harían ustedes, o han hecho, cuando un méndigo pide de comer en tu casa? ¿Le daría usted–o le dio usted–comida en un plato viejo rajado, pensando que era suficientemente bueno? ¿Creen ustedes que Marta y María pensaron que un traste viejo y quebrado era suficientemente bueno para sus huéspedes?

En la vida humana de Cristo, siempre había unos cuantos que compensaban por la negligencia de las multitudes. Los pastores lo hicieron; su precipitación por llegar al pesebre compensaba por la gente que huiría de Cristo. Los hombres sabios lo hicieron: su jornada a través del mundo compensaban por los que rehusaban moverse en lo más mínimo de la rutina de sus vidas para ir a Cristo. Aún los regalos de los hombres sabios traían en si una obscura recompensa y expiación por lo que seguiría después en la vida de este Niño. Porque trajeron oro, el emblema del rey, para expiar por la corona de espinas que El llevaría; ellos ofrecieron incienso, el símbolo de alabar, para compensar por la burla y escupitajos; ellos Le dieron mirra, para sanar y calmar y El fue herido de cabeza a los pies y nadie limpió Sus heridas. Las mujeres al pie de la Cruz lo hicieron también, compensando por la multitud de gente que lo presenciaba y se burlaba.

Nosotros lo podemos hacer también, exactamente como ellos lo hicieron. No hemos nacido muy tarde. Lo hacemos percibiendo a Cristo y sirviendo a Cristo en amigos y extraños, cada uno que nos encontremos.

Y todo esto se puede comprobar, si necesita prueba, por las doctrinas de la Iglesia. Podemos hablar del Cuerpo Místico de cristo, de la vid y sus ramas, acerca de la Comunión de los Santos. Pero Cristo mismo nos lo ha comprobado, y nadie tiene que ir más allá de esto. Porque El dijo que un vaso de agua dado a un extraño le fue dado a El. El hizo que el
cielo dependiera en la manera en que nos portásemos con El en Su disfráz de humanidad, común, debil, y ordinaria.

¿Me diste alimento cuando Yo tenía hambre?
¿Me diste de beber cuando Yo tenía sed?
¿Me diste ropa cuando la Mía estaba en garras?
¿Me visitaste cuando Yo estaba enfermo, o en la carcel o tenía
problemas?

Y para aquellos que dicen, espantados, que ellos nunca tuvieron oportunidad de hacer tal cosa, que ellos vivían dos mil años muy tarde, El dirá de nuevo lo que tuvieron oportunidad de saber todas sus vidas, que si estas cosas fueran hechas para el más humilde de Sus hermanos ellos lo hicieron a El.

Para un cristiano completamente comprometido, la incitación al deber no se necesita–siempre empujando a uno para hacer esta u otra cosa. No es un deber el ayudar a Cristo, es un privilegio. ¿Es posible que Marta y María descansaron y pensaron que ellas habían hecho todo lo que se esperaba de ellas–es posible que la suegra de Pedro haya servido, mal humorada, el pollo que había pensado guardar para el domingo porque ella pensó que era su “deber”? Ella lo hizo con gusto, ella hubiera servido diez pollos si los hubiese tenido.

Si esa fué la manera en que ellos brindaron hospitalidad a Cristo, es seguro que esa es la manera como se debe dar. No por amor de la humanidad. No porque puede ser Cristo quien nos visite, venga a vernos, ocupe nuestro tiempo. No porque esta gente nos recuerda de Cristo, como aquellos soldados y aviadores hacen que los padres recuerden a sus hijos, sino porque ellos son Cristo, pidiéndonos que encontremos un lugar para El, exactamente como lo hizo El en la primera Navidad.

Trabajador Católico, diciembre 1945; Trabajador Católico de Houston, Vol. XIV, No. 9.