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Peter Kropotkin, profeta de subsidiaridad, inspiró a Dorothy Day y Peter Maurin

Este es el onceavo artículo en la serie acerca de las raíces del movimiento del Trabajador Católico, los santos y filósofos que tuvieron influencia sobre Dorothy Day y Peter Maurin en el desarrollo del movimiento. Presenta a Peter Kropotkin, cuyas obras eran conocidas y estudiadas por Peter y Dorothy aun antes de conocerse.

Hace mas de diez años que Marcos y Luisa Zwick hicieron una presentación a un grupo ecuménico de personas de las iglesias que formaron un comité para repartir fondos que habían sido recaudados para ayudar a los destituídos. La diócesis realmente quería que nosotros recibiéramos una porción de estos fondos ya que la mayoría de los fondos había sido recaudada en parroquias católicas.

Tratando de describir Casa Juan Diego, Marcos habló acerca de los valores del Trabajador Católico, de pobreza voluntaria y pacifismo, pero cometió un error egregio al mencionar que un valor central del Trabajador Católico era anarquismo. ¡La gente jadeó! ¡El representante católico que apoyaba que se nos diera el dinero se cayó de su silla!

“¡Esperen un minuto, eperen un minuto!” Lo que quisimos decir fue que Casa Juan Diego es una organización voluntaria, no-burocrática donde los católicos ejercen su libertad de trabajar sin paga para mejor servir a los pobres. Eso era lo que significaba anarquismo. No hace falta decirlo, nos dieron algo de dinero, pero el representante católico tardó mucho en recobrarse.

Los fundadores del Trabajador Católico preferían usar la palabra personalismo en lugar de anarquismo por la confusión de la palabra anarquía con el caos.

Ya en 1913 Dorothy Day, aun muy joven, había leído Kropotkin. Ella y Peter Maurin estaban veinte años aun de su primer encuentro, y ella no tenía ninguna fe religiosa explícita. Sin embargo, como Maurin, ella era atraída a Kropotkin y su visión de como la sociedad podía ser reorganizada para eliminar la injusticia de esclavitud de sueldos. Ella describía la influencia de Kropotkin sobre ella en su autobiografía, La larga soledad:

“Kropotkin especialmente trajo a mi mente la condición de los pobres, los trabajadores. Aunque mi única experiencia de los destituídos era en los libros, el solo hecho de que La selva (por Upton Sinclair) era acerca de Chicago donde yo vivo, por cuyas calles yo camino, me hicieron sentir que desde entonces en adelante mi vida estaría enlazada a la de ellos, sus intereses iban a ser los míos; yo había recibido un llamado, una vocación, una dirección a mi vida.”

Dorothy Day describió después en La larga soledad (Madrid: Editorial Sal Terrae) lo que el movimiento Trabajador Católico tenía en mente al adoptar muchas de las ideas de Peter Kropotkin, que era conocido como un anarquista:

“Kropotkin quería mucho el mismo tipo de orgen social que el Padre Vincent McNabb, el predicador dominico, G.K. Chesterton, Hilaire Belloc y otros distribuitivos favorecían, aunque ellos habrían horrizado al oir la palabra anarquista, pensándolo un sinónimo con caos, no auto-gobierno como Proudhon lo definía. Distributismo es el término inglés para aquella sociedad en que el hombre tiene suficiente de los bienes de este mundo que le permiten llevar una buena vida. Se han usado otras palabras para describir esta teoría: mutualismo, federalismo, pluralismo, regionalismo; pero anarquismo–la palabra, primeramente usada como una burla por sus oponentes marxistas, mejor trae a la mente la tensión que siempre existe entre el concepto de autoridad y libertad que atormenta al hombre hasta ahora.

Peter Kropotkin nació el 21 de diciembre de 1842 en Moscú. Su descendencia directa de los zares de la vieja dinastía Rurik significa que él tenía el título de príncipe. Llevaba una vida de privilegio y seguridad desde su nacimiento, siguiendo una carrera militar en obediencia a su padre, aunque los intereses verdaderos de Kropotkin estaban en la ciencia, especialmente geografía. En Memorias de un revolutionista, Kropotkin cuenta que su reconocimiento de injusticia social empezó en su niñez. El presenciaba el maltrato que los sirvientes de la familia recibían, y escuchaba de las prácticas realmente brutales comunes entre la nobleza.

Peter Kropotkin escogió ser asignado a un regimiento del ejército en Siberia después de la escuela militar. Pasó cinco años como un oficial, durante cuyo tiempo le fue permitido explorar partes desconocidas de la frontera China-Rusa, y hacer investigación geográfica. El ya demostraba muy poca o ninguna preocupación por buscar el éxito convencional o un lugar en el sistema político. También demostraba una fe absoluta en la bondad básica de la gente común–una cualidad que haría sus ideas atractivas a Peter Maurin y a Dorothy Day.

El desarrolló muchas de sus teorías sociales estudiando las comunidades de las aldeas de la Edad Media en Rusia. También desarrolló una relación muy cercana con los miembros de la cooperativa de relojería suiza que fue organizada en una estructura no-autoritaria. Dorothy Day dijo en La larga soledad que “El vivía y trabajaba tan cerca de aldeanos y artesanos que sus escritos eran manuales prácticos.” Sus libros y folletos lo hicieron el más conocido y más respetado anarquista para el final del siglo. De 1880 a 1917 Kropotkin vivió en Londres.

Dorothy Day relató que, “Kropotkin y Tolstoi, los proponentes modernos del anarquismo, eran hombres sinceros y pacíficos. El libro clásico de Kropotkin, Memorias de un revolucionista fue publicado primero en el Atlantic Monthly en 1898. Después de la revolución rusa, Kropotkin regresó a Rusia y, venerado por trabajadores y escolares, vivió en un lugar de provincia fuera de Moscú hasta principios de los veintes. El de ninguna manera simpatizaba con la revolución que había empezado una dictadura en nombre del proletariado, que llevaría a cabo por fuerza terrorista lo que Kropotkin quería obtener a través de amor de hermandad.

Sueldos de esclavitud

Kropotkin vivió por un período de historia europea que presentaba explotación barbárica de los pobres por los adinerados–en particular, de trabajadores por sus patrones. Generaciones enteras fueron forzadas a dejar sus granjas y pequeños talleres para trabajar en las fábricas. No habían, por la mayor parte, salarios mínimos ni leyes para protección del trabajo de los niños, ninguna regulación del tiempo del trabajo diario, ni días de descanso, y ningunas leyes gobernando la salud y seguridad del lugar del trabajo. Los trabajadores se convertían en esclavos de sueldo, ganando únicamente lo suficiente para mantenerse vivos hasta que pudieron producir la siguiente generación, para que le sistema pudiera continuar.

Kropotkin encontró que el origen del problema era el sistema de producción de la fábrica. Un hombre, porque era dueño de una fábrica y las máquinas. Podía beneficiarse por el trabajo de muchos trabajadores, sin tener que actualmente producir alguna cosa él mismo.

Los trabajadores, por contraste, producían todas la riquezas de la socidad, pero no les permitía guardar casi nada, porque ellos no controlaban los medios de producción (es decir la fábrica y la materia prima). Artesanos individuales no podían hacer productos tan baratos como las fábricas, así que eran forzados a cerrar su negocio y a buscar trabajo en la fábrica por un sueldo. Bajo este sistema, se le permitía a una pequeña minoría obtener fabulosas riquezas, mientras la mayoría de la gente vivía en pobreza oprimidora, mala nutrición, condiciones de trabajo infernales, y un ambiente contaminado.

Esta descripción podía haber sido escrita hoy de las maquiladoras, (fábricas de compañías de Estados Unidos, Japón, Korea del Sur, y Europa), ubicadas en muchos países del Tercer Mundo para aprovechar la mano de obra barata.

Urbanización

Uno piensa del caimiento de las granjas de la familia como un fenómeno reciente, pero Kropotkin estaba consciente de ello más de cien años antes, y advirtió de sus peligrosas implicaciones para la sociedad. En La conquista de pan, el culpaba la pobreza de los campesinos rústicos a tres grupos: “Nosotros sabemos en que calamitosa situación está la agricultura europea. Si el cultivador de la tierra no es robado por el dueño de la tierra, lo roba el estado. Si el estado le cobra impuestos moderados, el prestamista de dinero lo esclaviza por medio de pagarés, y pronto lo vuelve en un simple rentero de una tierra que pertenece en realidad a una compañía financiera.”

El dueño de la tierra, el estado, y el prestamista (hoy conocidos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y La Organización de Comercio Mundial), que al obligar al campesino a trabajar demasiado para pagar su porción, hacen imposible el experimentar con nuevas, mejoradas técnicas agrícolas. Así los campesinos, no pudiendo hacer una vida decente en sus campos, fueron inducidos a buscar su suerte en las fábricas urbanas.

Una vez que la revolución social había liberado a estos campesinos de los tres “vampiros,” como Kropotkin les llamaba, y prácticas avanzadas de preparación de las tierras fueron puestas a uso general, cada granja pequeña podría producir una dieta balanceada para un número más grande de personas que vivían en ella. Las familias campesinas no tendrían que cambiarse a la ciudad en busca de trabajos que pagaran sueldos. Ni tendrían que sembrar productos de mercado para ser mandados a otras ciudades o exportados. En vez de esto, las ciudades y sus aldeas circumvecinos podrían producir suficiente comida para alimentar sus poblaciones. Otros países, aun los más pobres, o aquellos que tenían los peores climas, podrían ser auto-suficientes usando métodos modernos de agricultura.

La Cumbre Mundial de Alimentos que se llevó a cabo en Roma en noviembre de 1996 proporciona evidencia extraordinaria de que las teorías de Peter Kropotkin acerca de la agricultura y el hambre se desarrollaron delante de su tiempo. En su artículo, “La septima parte hambriento del mundo,” que apareció en la revista America el 3 de mayo de 1997, Martin M. McLaughlin reporta sobre el Foro de organizaciones no-gobernamentales que se reunió en conjunto con la Cumbre. En su declaración del modelo de seis puntos dice: La capacidad de su declaración, “Ganancia para pocos o alimento para todos,” el Foro rechaza el mercado–los esfuerzos basados en comercio para resolver el problema del hambre en el mundo. En lugar de esto, el primer punto del modelo de seis puntos de la declaración dice: “La capacidad de la familia campesina, incluyendo los pueblos indígenas, mujeres, y jóvenes, junto con los sistemas alimenticios locales y regionales deben ser reforzados.” Con respecto a los esfuerzos impulsados por el mercado a mejorar el acceso a la comida, McLaughlin escribe que, “De hecho, las aceleradas y no reguladas actividades de la producción de comestibles de las compañías productores y comerciales han tenido mucho que ver con la reducción de acceso y por eso con la limitación de seguridad de alimento para campesinos y para consumidores pobres.” El Foro afirmó el ideal de Kropotkin de la producción de comestibles producida por agricultura y en pequeña escala para consumo local.

Kropotkin vio la urbanización (el proceso por el cual millones de personas eran amontonadas en pequeñas viviendas, entre basura, contaminación y ruido, pasando sus vidas sin ningún contacto con la naturaleza o cultivo de plantas) como totalmente innecesarias.

División de trabajo

Uno de males más grandes asociados con el sistema de fábrica era la interminable división de trabajo por el fin de la eficiencia. En vez de entrenar a los trabajadores en el procedimiento de construir algo, desde el principio hasta el fin, el dueño de la fábrica o el superintendente insistían en que cada trabajador se especializara en una pequeña tarea, para hacerlo minuto tras minuto, hora tras hora.

“El ideal moderno de un trabajador parece ser un hombre, o mujer, o aun una niña o niño, sin el conocimiento de alguna artesanía manual, sin ningún conocimiento de la industria para quien trabaja, que es solamente capaz de hacer todo el día y por una vida entera la misma infinitísma parte de algo: quien desde la edad de trece años hasta los sesenta empuja una carreta de carbon a un lugar indicado en la mina o hace el resorte de una navaja, o la diez y octava parte de un prendedor.” Puros sirvientes a alguna maquina de una cierta descripción: simplemente partes de carne y hueso de alguna inmensa maquinaria, sin tener idea de como y porque la maquinaria hace sus movimientos rítmicos.

La artesenía se está eliminando como la sobrevivencia de un pasado condenado a desaparecer. El artista que antes encontraba satisfacción en la obra de sus manos está sustituído por el esclavo humano de un esclavo de hierro.”

El admite que, desde el punto del motivo por ganancia solamente, la división del trabajo tiene sentido. El material podría ser fabricado en cantidades masivas mucho más barato en las grandes fábricas que en talleres chicos. Pero, Kropotkin insistía, esto no era para el mejor interés de la sociedad de que se le tratara de esta manera a los individuos.

Además de ser dañino al espíritu humano, Kropotkin percibía una desventaja puramente comercial en la divisón del trabajo. El hacía notar que donde si existían fábricas chicas, ya sea usando agua corriente para voltear una rueda, o obteniendo fuerza por cualquier otro método, estos eran frecuentemente el principio de nuevas invenciones y tecnologías. Cuando el trabajador estaba familiarizado con la operación de fabricación completa, y entendía lo que estaba pasando, él podía percibir maneras de mejorar el sistema.

La única razón válida para la existencia de fábricas gigantes, en el análisis de Kropotkin, era para la producción de inmensos productos como locomotoras y barcos transatlánticos. Todo lo demás que un pueblo libre pudiera necesitar podría ser producido en fábricas chicas y talleres, para consumo local, no para comercio o exportación. En lugar de competencia entre fabricantes que baje los precios, y los induce a maltratar a los trabajadores por aumentar su margen de ganancia, cada cooperativa produciría los que podían de sus propios comestibles, ropa, albergue, y artículos de lujjo. Cada grupo local podría construir, en su propio grupo de fábricas chicas, lo suficiente para cubrir sus necesidades. Se podría hacer ropa, de materia prima hasta el producto terminado. Casas y muebles se podrían hacer. Los metales se podrían fundir y se podrían hacer implementos. Total, no existían barreras para auto-suficiencia completa, y así no había necesidad de especuladores, intermediarios, o interventores.

Dorothy Day describió la visión de cooperativas de Kropotkin en La larga soledad: “Kropotkin veía hacia atrás a los gremios de hermandad y ciudades de la Edad Media, y pensaba de la nueva sociedad como compuesta de asociaciones confederadas, cooperando de la misma manera como las compañías de ferrocarril de Europa o los departamentos de correo de varios países que cooperan ahora.

Peter Maurin, Dorothy Day y el Papa León XIII

Kropotkin sentía que algunos líderes religiosos enfocaban mucho en la eternidad (no hay peligro de eso ahora) en lugar de la dignidad humana básica y los derechos humanos. Sin embargo, antes del fin del siglo, la Iglesia Católica estaba descubriendo su voz tocante a la cuestión social. En 1891, el Papa Leo XIII en su encíclica, Rerum Novarum llamó la atención a los dueños para que pagaran un sueldo justo y certificó que los trabajadores tenían el derecho de organizar sindicatos. Existen muchas semejanzas en la idea de subsidiaridad aprobada tan fuertemente en las encíclicas papales y las ideas de Kropotkin. Fue también en ese tiempo que un joven aldeano francés llevó su perspectiva completamente católica al problema de la pobreza.

Peter Maurin nació y creció en un pequeña aldea montañeza en Francia, en la granja de la familia. El no tenía mucha experiencia de la vida de ciudad hasta que se unió a los Hermanos de La Salle y fue a Paris a estudiar, y después a enseñar. Es posible que el contraste entre la saludable, y feliz vida aldeana, y las miserables condiciones que él encontró en los barrios bajos de Paris causó a Maurin a buscar maneras de reconciliar su catolicismo con la reforma económica. Cuando Maurin estaba obteniendo su certificado para enseñar y empezar su trabajo en la escuela, el Príncipe Kropotkin estaba publicando sus más importantes libros. La conquista del pan, Campos, fabricas y talleres, y Asistencia mutua se publicaron mientras Maurin estaba en Paris. En 1907 Peter Maurin dejó los Hermanos de La Salle; en este tiempo ya había leído Kropotkin y adoptado algunas de sus ideas.

Peter Maurin estaba de acuerdo con Kropotkin y su condenación de las prácticas de trabajo del siglo diecinueve, y con la visión rusa de comunidades agrícolas independientes en lugar de estados autoritarios y centralizados. Después, habiéndose cambiado primeramente a Canadá y luego a los Estados Unidos, Maurin renunció a trabajar por sueldo. Pero él, como católico y pacifista, tuvo que reconciliar el anarquismo de Kropotkin con el Reino de Dios. El tuvo que encontrar un sistema que combinara transformación social y fidelidad al Evangelio. Este sistema formalmente expresado por Emmanuel Mounier en su Manifesto Personalista formó parte de una literatura personalista incluyendo las obras de Nicolas Berdyaev, G. K. Chesterton, y otros comenzando con San Francisco de Asís.

El personalismo empieza con la idea de que todas sus instituciones y organizaciones, públicas igual a las privadas, deberían ser ordenadas al bien material y espiritual de todas las personas. Mientras los comunistas, los fascistas, y los capitalistas laissez-faire podrían hablar del bien común, ellos buscan alcanzarlo a expensas de las personas. La persona debe sufrir y ser sacrificada por el amor de alguna gran aglomeración abstracta como la nación, la corporación, el partido o la economía. Bajo personalismo, estos ideales tienen valor solamente al extento de que facilitan la dignidad y libertad de cada persona, y no dañan a ninguna persona–ni aun una sola. Como Marc H. Ellis escribió en su artículo, “Peter Maurin: Para traer el orden social a Cristo,” Peter Maurin “pensaba que el orden social tenía una misión singular: de proteger y nutrir la jornada de la persona hacia el misterio de Dios, promoviendo así la posibilidad de salvación.” (A Revolution of the Heart: Una revolución del corazon, Orbis Books).

El segundo principio del personalismo de Maurin es que, mientras la sociedad entera debe “proteger y nutrir” a cada individuo, el verdadero trabajo de salvación, incluyendo las obras corporales y espirituales de misericordia, es cumplido por Jesucristo por medio de personas, no estructuras. Personalismo es participación personal con la vida y problemas de los que nos rodean, especialmente los pobres. Peter Maurin y Dorothy Day enfáticamente no querían formar una agencia u oficina para dar albergue a los destituídos y alimentar a los hambrientos. Tenían fuerte censura para los esfuerzos de servicio social del gobierno, porque esos esfuerzos eran tan inpersonales. Dorothy daba detalles en un artículo para Commonweal en 1949: “Peter denotó que hemos recurrido a la responsabilidad del estado por medio de socorro, legislación social y seguridad social, que ya no practicamos responsabilidad personal, sino que estamos repitiendo las palabras del primer asesino, “¿Soy yo el guardián de mi hermano?” En La larga soledad ella recuenta una conversación con Peter: “El siempre me recordaba que éramos los guardianes de nuestro hermano, y que la unidad de la sociedad es la familia; que debemos sentir un sentido de responsabilidad personal de cuidar a los nuestros, y a nuestro prójimo, a costa de un sacrificio personal. “Este es un primer principio,” él decía siempre. “No es la función del estado de penetrar a estos dominios… Caridad es personal. Caridad es amor.”

La alternativa personalista anarquista al estado

En una columna que apareció en El Trabajador Católico de Nueva York en 1936, titulada “¡A Cristo–a la tierra!”, Dorothy anunció que el grupo de Nueva York iba a empezar una comunidad agrícola. Ella escribió: “Para aquellos que nos han preguntado, ‘¿Qué tienen ustedes que ofrecer, en un programa constructivo para una nueva orden social?’ hemos contestado una y otra vez, ‘El programa de tres puntos de Peter Maurin de discusiones de mesa redonda, casas de hospitalidad, comunidades agrícolas.’”

Es importante notar la referencia a una nueva orden social. Los Trabajadores Católicos no solo buscaban una manera de vivir según su propia fe–ellos estaban avanzando el programa de tres punto de Maurin como una manera de vivir para todos. Ellos estaban llamando al mundo a adoptar su visión, así como Jesús llamaba a todos a aceptar su visión del Reino. En La larga soledad, Dorothy agregaba,

“Lo nuestro era un programa de vasta extensión, buscando que los trabajadores fueran dueños de los medios de producción, de anular las lineas de montaje, decentralizar las fábricas, la restauración de artesanías y la posesión de sus tierras. Esto significa, naturalmente, un acento en los aspectos agrarios y rurales de nuestra economía y un cambio de énfasis de la ciudad a la tierra.”

Este programa de reformas socio-económicas, suena como el de Kropotkin, porque el ruso, con su ateísmo, tenía una dedicación muy cristiana a la dignidad y valor de la persona. El veía los efectos deshumanizante de la industrialización y denunciaba los sistemas políticos que los creaban y promovían.

Pero Kropotkin estaba confundido acerca de la mejor manera de hacer esta visión una realidad. El sentaba mucha fe en la educación (como lo hacía Peter Maurin), pero esperaba que la transformación fuera espontanea. Un día, bastantes de los trabajadores dejarían de cooperar con el sistema corrupto, se unirían en comunidades regionales funcionando, y empezarían a vivir sin beneficio de autoridad arbitraria.

El movimiento Trabajador Católico, por contraste, tenía una idea mucho más realistica de su función en cambiar el mundo.

Medios pobres, medios puros

Su fe enseñó a Dorothy Day, Peter Maurin y los primeros Trabajadores Católicos que cualquier bien que ellos esperaran hacer en el mundo tenía que ser llevado a cabo por medios puros. Sin importar que tan malo fuera el sistema, o cuanto ellos querían cambiarlo, ellos no podrían usar o favorecer violencia. Ellos no podrían forzar. Además, ellos se dedicaban ellos mismos a usar “medios pobres.” Ellos no podrían hacer propaganda de la manera que Kropotkin sugería sin tomar la iniciativa en sus propias vidas. Mientras alguien estuviera sufriendo pobreza y necesidad, los Trabajadores Católicos abrazarían pobreza voluntaria. Además, ellos trabajarían para aliviar la pobreza involuntaria de otros.

Mientras el Príncipe Kropotkin deploraba las condiciones bajo las cuales los pobres tenían que vivir en su tiempo, no existe ningún documento de que él de hecho proporcionara asistencia material a la gente pobre como parte de su programa.

El personalismo de Maurin, por contraste, combinaba propaganda con acción directa desde el principio, por dos razones. Primero, porque Jesús no solamente enseñó y exhortaba, sino también sanaba, exorcizaba, y finalmente murió por nosotros en la Cruz. Los líderes del movimiento Trabajador Católico sentían que ellos deberían hacer lo mismo según sus mejores habilidades. Ellos se veían a si mismos como continuando la obra de Jesús, y decidieron usar sus métodos, incluyendo acción directa.

La segunda razón era que Peter Maurin había reconocido que la revolución era primeramente una cuestión de transformación personal, no conversión en masa. Cada uno debía hacer su propio rompimiento con la cultura dominante.

Otros de los medios pobres que el Trabajador Católico usaba para llevar a cabo su revolución, y que no formaba parte del plan de Kropotkin, era la oración. Los TC’s tenían su propia versión de determinación histórica, basada en la idea del Evangelio del Reino de Dios. No hay duda que Peter Maurin veía su programa como un paso hacia el Reino. Sin embargo, cuando ellos empezaron a establecer sus casas de hospitalidad y a operar líneas de pan, los Trabajadores Católicos se dieron cuenta penosa de lo lejos que estaba el plan de Dios de completar. Aunque idealísticos, ellos tenían que contender con la áspera realidad de pecado, sufrimiento, injusticia, y destitución. Los problemas que veían, eran mucho más complejos y difíciles de lo que cualquier teorista, aun uno con tanto conocimiento como Kropotkin, pudiera realizar.

Frente a la enormidad de la labor que ellos se habían empezado, no solamente trabajaron para llevar a cabo la revolución personalista de Peter Maurin. Ellos oraban por ella también, tomando ejemplo de los santos, quienes “trabajaban como si todo dependiera de ellos, pero rezaban como si todo dependiera en Dios.”

La situacion de hoy

El Trabajador Católico empezó con propaganda–la primera publicación del periódico fue antes de que se abriera la primera casa de hospitalidad. Sin embargo, ya en octubre 1933, tres meses después–estaban dando a la gente comida, albergue, y ropa en comunidad. Las casas pronto empezaron a establecerse a través del país. De una manera, los Trabajadores Católicos estaban realizando el sueño de Kropotkin de comunidades federales libres reemplazando el dominio del gobierno. Sin embargo, estas comunidades libres se retiraron de la visión de Kropotkin en varios importantes respectos.

Primero, ellos no eran auto-suficientes. No cultivaban bastante comida para mantenerse a si mismos, ni abastecían sus necesidades estableciendo fábricas chicas y talleres. Las casas de hospitalidad les ofrecían comida, albergue y ropa a los pobres, pero dependían de la venta de periódicos, donaciones, y divina intervención para pagar sus gastos. Las granjas que se establecieron después proporcionaban alguna comida, pero funcionaban más como centros de retiros y santuarios de la vida urbana que como granjas productoras.

Segundo, la vida comunitaria del Trabajador Católico no atraía gran número de gente. Kropotkin esperaba que pueblos enteros y ciudades se reorganizaran en comunidades libres. En lugar de eso, puñados de gente venían juntos en grupos comunitarios semi-permanentes. Cientos y hasta miles de pobres eran ayudados cada año, pero la gran mayoría no se quedaba y unía en el trabajo. Por estas razones, las casas de hospitalidad no reemplazaron al gobierno. Las asociaciones voluntarias de Kropotkin, al hacer todos los trabajos dignos de tenerse en cuenta del estado, se suponía que harían que el estado fuera sobrante y obsoleto. Cuando ya no hubiera necesidad de un gobierno, este se desbandaría. Lo que sucedió fue el opuesto. A través del siglo el tamaño y poder del estado continuó creciendo.

A pesar de esas señas desalentadoras, sin embargo, el personalismo del Trabajador Católico siguió creciendo, y los mismos trabajadores permanecían gustosos. Las altas metas de Kropotkin–el fin de la pobreza y la guerra, y el reemplazo del estado coercitivo con comunidades libres, parecían más lejos que nunca. Sin embargo, algunas personas fueron ayudadas, se alzaron voces contra la guerra, y algunos que pusieron su confianza en el estado fueron convertidos al ideal de comunidad cristiana. Y este ideal, basado en el principio de ayuda y apoyo mutuo, permaneció vivo y aun floreciendo en el movimiento del Trabajador Católico hoy. La meta de Peter Maurin de una sociedad en la cual “es más facil ser bueno” aun se está siguiendo y alcanzando en una pequeña, pero creciente, escala.

Trabajador Católico de Houston, Vol. XVII, No. 6, noviembre 1997.