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Santa Teresita del Niño Jesús: El Caminito: Evangelio exige amor en acción

Sabe Vuestra Reverencia, Madre mía, que mi constante deseo ha sido llegar a ser santa. Mas, por desgracia, cuantas veces me he comparado a los santos, he comprobado que existe entre ellos y yo la misma diferencia que notamos entre una montaña cuya cumbre se pierde en las nubes y el humilde grano de arena pisoteado por los caminantes.

Mas, en vez de desalentarme, me digo que es imposible que Dios inspire deseos irrealizables, y que, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Me es imposible engrandecerme; debo soportarme tal como soy, con mis innumerables imperfecciones; pero quiero buscar el modo de ir al cielo por un camino bien recto, bien corto, un caminito del todo nuevo. Estamos en el siglo de los inventos. Ahora ya no se necesita subir los peldaños de una escalera; un ascensor los reemplaza ventajosamente en las casas de los ricos. También yo quisiera encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección.

He buscado, pues, indicaciones en los Libros Santos para hallar este ascensor, objeto de mis deseos, y he dado con estas palabras salidas de la misma boca de la Sabiduría eterna: “Si alguien es muy pequeño, que venga a mi.” Me acerqué, pues, a Dios y adiviné que había encontrado lo que buscaba; mas deseando saber todavía lo que haría con el pequeñuelo, he proseguido mis investigaciones y he aquí lo que he hallado: “Así como una madre acaricia a su hijo, te consolaré, te recostaré en mi seno, y te meceré en mi regazo.” (Is. 66:12-13)

¡Ah, jamás se regocijó mi alma con palabras más tiernas, más melodiosas que éstas!

Vuestros brazos, ¡oh Jesús mío!, son el ascensor que ha de elevarme hasta el cielo. Para esto no necesito crecer, sino al contrario, quedar pequeña, achicarme cada vez más.

AMANDO A UNA DIFICIL DE AMAR

Una santa religiosa de la Comunidad tenía antes el don de desagradarme en todo; mezclábase en esto el demonio, pues no cabe duda de que era él quien me hacía ver en ella tantas cosas desagradables. Luchando, pues, para no ceder a la antipatía natural que me inspiraba, pensé que la caridad no se practica tan sólo en los sentimientos, sino que ha de conocerse también en las obras, por lo cual apliquéme a hacer por aquella hermana lo que hubiera hecho por la persona más querida. Cada vez que la encontraba rogaba a Dios por ella ofreciéndole todas las virtudes y méritos. Conocía que esto agradaba mucho a mi Jesús, pues no hay artista a quien no le guste recibir alabanzas por sus obras, y el divino Artista de las almas se complace en que uno no se detenga en el exterior, sino que, penetrando hasta en el santuario íntimo que ha elegido por morada, admiremos la belleza de éste.

No me contentaba con rezar mucho por la que me ofrecía tantas ocasiones de combatir, sino que procuraba, además, hacerle cuantos favores podía; y si me asaltaba la tentación de responderle de modo desagradable, me daba prisa en dirigirle una amable sonrisa, intentando desviar la conversación.

Muchas veces, cuando el demonio me tentaba violentamente y me podía esquivar sin que ella advirtiera mi lucha interior, huía como un soldado desertor… En esto, díjome ella un día con aire de gozo: Hermana Teresita del Niño Jesús, ¿quiere decirme lo que la atrae tanto hacia mí? No la encuentro ni una sola vez sin que me dirija la más graciosa sonrisa. ¡Ah! lo que me atraía era Jesús oculto en el fondo de su alma; Jesús, que dulcifica lo más amargo.

Y para más ironía en esta historia, las dos hermanas de Teresita, Celine y Maria, pensaban que esta monja era la mejor amiga de Teresita en el convento (Joseph F. Schmidt, Praying with Therese of Lisieux, Orando con Teresita de Lisieux, St. Mary’s Press.)

AMARAS A TU PROJIMO ¿COMO?

Nunca había profundizado estas palabras de Nuestro Señor: “El segundo mandamiento, es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a tí mismo.” Aplicábame sobre todo amar a Dios y amándole descubrí el secreto de estas otras palabras: “No los que dicen: ¡Señor!, ¡Señor!, entrarán en el reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre.”

Esta voluntad, me la dio a conocer Jesús cuando en la última Cena promulgó su mandamiento nuevo, al decir a sus Apólstoles que “se amaran entre sí como El mismo los había amado.” Me puse a examinar detenidamente de qué manera había Jesús amado a sus discípulos, y vi que no fue por sus cualidades naturales, puesto que eran ignorantes y sus pensamientos enteramente terrenales. No obstante ello, los llama amigos, hermanos suyos, desear verlos junto a El en el reino de su Padre; y para abrirles este reino, quiere morir en la cruz, diciendo “que no hay mayor amor que dar su vida por aquellos a quienes se ama.” Jn 15:13.

Meditando estas divinas palabras, vi cuán imperfecto era mi amor a mis hermanas, comprendí que no las amaba como Jesús las ama. ¡Ah!, ahora adivino que la verdadera caridad consiste en soportar todos los defectos del prójimo, en no extrañar sus debilidades, en edificarse con sus menores virtudes; pero he aprendido especialmente que la caridad no deber permanecer encerrada en el fondo del corazón, “pues nadie enciende una antorcha para ponerla debajo de un celemín, sino que la pone sobre el candelero, a fin de que alumbre a todos los que están en la casa.” Me parece, Madre mía, que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo a aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa.

SOBRE AYUDAR A MONJAS VIEJITAS

Recuerdo un acto de caridad que Dios me inspiró siendo aún novicia. El Padre Celestial, que ve lo secreto, me ha recompensado ya, sin esperar a la otra vida, este acto tan pequeñito en apariencia.

Antes de que la hermana San Pedro quedara del todo enferma y baldada, era menester que cada tarde a las seis menos diez, dejara una la oración para conducirla al refectorio. Me costaba mucho ofrecerme para hacer este servicio, pues no ignoraba la dificultad, o mejor, la imposibilidad de contentar a la pobre enferma; sin embargo de ello, no quería desperdiciar tan buena ocasión, recordando aquellas divinas palabras: “Lo que hagáis al más pequeño de los míos, es a Mí a quien lo hacéis.”

Me ofrecí, pues, muy humildemente a conducirla, y no sin trabajo logré que aceptara mis servicios. Puse manos a la obra con tan buena vountad, que salí airosa de mi empresa. Cada noche, cuando la buena hermana agitaba su reloj de arena, sabía que me quería decir: ¡Vamos!

Revistiéndome entonces de todo mi valor, me levantaba y comenzaba una complicada ceremonia, la de mover y llevar el banco de un modo especial, sobre todo sin precipitarme, terminado lo cual, comenzaba el paseo. Se trataba de seguir a la buena hermana, sosteniéndola por la cintura, lo que hacía yo con la mayor suavidad posible; pero si por desgracia dábamos un paso en falso, se figuraba al punto que la sostenía mal, que iba a caerse. ¡Dios mio! V. C. va demasiado aprisa; voy a estrellarme. Procuraba entonce conducirla más ligeramente. Pero sígame, me decía: no siento su mano; si me suelta, voy a caerme… Bien decía yo que V. C. era demasiado joven para acompañarme.

Sin otro incidente, llegábamos por fin al refectorio. Pero allí sobrevenían otras dificultades; tenía que colocar a mi pobre enferma en su puesto y obrar diestramente para no lastimarla; por último le levantaba las mangas, operación que debía hacerse también siempre de un modo especial. Terminado esto, podía retirarme.

Pronto advertí que cortaba el pan con grandísima dificultad; desde entonces, no la dejaba hasta haberle hecho este último servicio. Como nunca me había expresado este deseo quedó muy agradecida a mi atención, y por este sencillo medio, no buscado por cierto, gané enteramente su confianza, y más que por nada, lo supe más tarde, porque después de prestarle estos pequeños favores, le dirigía, según decía ella, mi más graciosa sonrisa.

De la autobiografía de Santa Teresita, La historia de un alma.

 

Trabajador Católico de Houston, Vol. XVI, No. 4, julio-agosto 1996.