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La verdadera riqueza de la Iglesia son los pobres

por Ade Bethune

Una de las historias más interesantes del martirio de la Iglesia primitiva es la de San Lorenzo. Lorenzo era un diácono en Roma en el año 258. El Papa Sixto II lo nombró el ecónomo de la Iglesia. En este tiempo de persecución, Lorenzo sospechaba que el emperador romano iba a demander los bienes que poseyeran los cristianos en Roma. El vendió las cosas y distribuyó el dinero a los pobres, los lisiados, los ciegos, a todos los necesitados.

Cuando Lorenzo fue obligado a entregar los tesoros de la Iglesia al emperador. él le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros del a Iglesia. Pero ya los había repartido entre los pobres y señalando a los pobres dijo: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. El emperador se enojó tanto que le condenó a muerte.

Según se cuenta, Lorenzo, fue colocado en una parrilla. Después de de un rato quemándose en la parrilla ardiendo, el mártir dijo al juez, “Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo”. Y con una tranquilidad que nadie había imaginado rezó por la conversion de Roma y la diffusion de la religión de Cristo por todo el mundo.

El Papa Francisco men-cionó el martirio de San Lorenzo y su respuesta al emperador en una homilia reciente en Santa Marta, donde él vive y celebra la Misa en las mañanas, y nos recordó que los pobres son los tesoros verdaderos de la Iglesia, en lugar de oro, y plata o dinero.

Francisco subrayó que la pobreza es la primera de las Bienaventuranzas. Para vivir esta bienaventuranza, dijo, tenemos que estar apegados a las riquezas de Dios y no el dinero o el poder mundano.

¿Cómo podemos discernir si estamos siguiendo al espíritu bueno de Dios?

El Papa Francisco reflejaba el 7 de enero en otra homilia en Santa Martas sobre la primera carta de San Juan. El cita la Biblia donde dice que no se puede confiar en cual-quier espíritu; es necesario ver si son de Dios. Podemos discerner si lo que estamos eschchando viene de Dios, is seguimos el espEiritu de Dios. Pero, ¿cómo podemos saber si es el espíritu bueno?

La carne de Cristo y su prolongación en aquella del que sufre es el criterio para discernir la voz interior de Dios, dice  el Papa Francisco.

El Papa dijo que el criterio que nos da el apóstol Juan para discernir la voz interior de Dios es que “todo espíritu que reconoce a Jesucristo que vino en la carne, es de Dios, y todo espíritu que no reconoce a Jesús, no es de Dios”.

“El criterio es la En-carnación, insistió Francisco. Yo puedo sentir tantas cosas dentro, incluso cosas buenas, ideas buenas. Pero si estas ideas buenas, estos senti-mientos, no me conducen a Dios que se ha hecho carne, no me conducen al prójimo, al hermano, no son de Dios.  Si el espíritu viene de Dios me lleva al servicio a los demás”, en las Obras de Misericordia en el servicio al prójimo, al hermano, a la hermana que tiene necesidad, que “tiene necesidad incluso de un consejo, que tiene necesidad de ser escuchado”, “estos son los signos de que vamos por el camino del buen espíritu, es decir, el camino del Verbo de Dios que se ha hecho carne”.

Relacionado al movimiento del Trabajador Católico

Estas reflexiones inmedi-atemente nos hace una conexión con los fundadores del Movimiento del Traba-jador Católico, Dorothy Day y Peter Maurin, quienes vivían esta espiritualidad expresado en las siete Obras de Miseridordia corporales y las siete espirituales, relacionados al famoso pasaje de la Biblia en Mateo 25:31 y lo siguiente.

Peter Maurin, quien trajo las ideas del prorama del Trabajador Católico a Dorothy Day, nos llamó a realizer las Obras de Misericcordia en un sacrificio personal. Por medio de su fe y su entendimieno de la historia de la Iglesia, Peter nos enseño a cambiar el orden social mediante la práctica de las Obras de Misericorida.

El corazón del movimiento del Trabajador Católico es Mateo 25 y la Sermón de la Montaña. El movimiento, como la fe misma católica no pueden estar separados del misterio de los pobres y la presencia de Cristo en ellos. Jesús dijo, “Lo que hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, los hiciste por mí”. En la Casa Juan Diego es una bendición poder servir a Jesús en los pobres. No estamos sirviendo a Joe o José Smith o a Laura García  sino a Jesús. Slgunos nos preguntan como podemos recibir a personas que no tienen documentos, personas que pueden ser peligrosas, personas que pueden aprovechar de una política misericordiosa. Por supuesto, uno tiene que ser práctico y rezar por sabiduria, pero este no borra el mandimiento de server a los más necesitados.

Dorothy Day relató cómo ella, algunas veces, se descorazonaba con todos los problemas funcionales de las Casas de Hospitalidad, y cómo Peter le recordaba la importancia del amor a los pobres:

“En nuestras reuniones, yo, con frecuencia, me quejaba y me mostraba desanimada. Peter me miraba con cariño y serenidad, y en pocas palabras hablaba de los principios involucrados, recordándome las Obras de Misericordia y nuestra labor, como servidores, de soportar con humildad  y de servir con fidelidad.

“A él le gustaba hablar de San Vicente de Paul. Cuando presentaron la película Monseñor Vicente, todos fuimos a verla. Las últimas líneas del santo a la joven hermana campesina, fueron palabras que nunca podremos olvidar: “Hay que amarlos mucho”, dijo Monseñor Vicente, con respecto a los pobres, “para que perdonen el pan que les das”.

Las casas del Trabajador Católico fueron y siguen siendo centros de la antigua práctica de las Obras de Misericordia. El corazón del movimiento es Mateo 25 y el Sermón de la Montaña; no puede separarse del misterio de los pobres ni de la presencia de Cristo en ellos. Dorothy habló de la “prolongada crucifixión” de los pobres, y de la esperanza de compartir, de alguna manera, la pobreza de éstos. Como ella lo dijo, en El Trabajador Católico de abril de 1964, en su meditación de Pascua: “El misterio de los pobres es el siguiente: Que ellos son Jesús, y que lo que haces por ellos lo haces por Él. Es la única manera que tenemos de conocer y de creer en nuestro amor. El misterio de la pobreza es que al compartirla, volviéndonos pobres dándo a los demás, aumentamos nuestro conoci-miento y creencia en el amor”.

El Trabajador Católico de Houston, enero-febrero 2016, Vol. XXXV, No. 1.