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Lo que nos enseña Dorothy Day acerca de llamar “Santos” a los santos

 Leonard DeLorenzo, Ph.D., es el Director de Notre Dame Vision, Universidad de Notre Dame, Indiana

 

Dorothy es una peculiar candidata a la santidad porque, después de todo, ella expresamente ordenó: “No me llamen santa, no quiero ser descartada tan fácil-mente.” Para algunas personas, este comentario representa la última palabra sobre este asunto: ella dijo que no se hiciera, así que hay  que dejar de intentarlo. Pero yo no creo que sea evidente el significado que esta afirmación parece tener para muchos, incluso si es para que los deseos que ella expresó como su voluntad reciban un trato privilegiado. Con el fin de tratar de comprender el significado y los límites de esta frase citada ya tantas veces, la propia opinión de Dorothy sobre la santidad nos instruye; opinión que sale a relucir de una manera convincente en su comprensión de Térèse de Lisieux.

Teresa de Lisieux y Dorothy Day aparentemente no tienen nada en común: la niña francesa piadosa encerrada en un convento pueblerino y la radical revoltosa estadounidense que sirvió a los pobres al mismo tiempo que arremetió contra el gobierno con una pasión que casi rayaba en osadía insensata. Y sin embargo Teresa significaba mucho para Dorothy, tanto así que como muchos saben, Dorothy escribió una biografía espiritual de la santa.

La vida de Teresa penetró el corazón de Dorothy haciendo caso omiso a estereotipos superficiales porque Dorothy prestó atención a la realidad de la santa. Teresa se sabía amada por Dios quien pertenecía a la Iglesia. No es que ella no fuera piadosa, ni francesa, ni enclaustrada, sino que la singularidad de su santidad no es posible reducir a nítidas explicaciones. A medida que la causa en pro de la canonización de Dorothy continúa desarrollándose, la Iglesia se preguntará y escudriñará de igual manera sobre el propio testimonio  de Dorothy, el cual, al igual que el de Teresita, no puede reducirse a ordenados enunciados emblemáticos. Y de todos los que pudieran tratar de simplificar la vida de Dorothy a un encabezado, los que más corren el riesgo de hacerlo, son irónicamente aquellos que se apoyan en sus palabras: “No me llamen santa.”

Dorothy nació en 1897, casi un mes después de la muerte de Teresa de Lisieux. Huelga decir que Dorothy nunca conoció a Teresa, al menos hasta que ella se encontró en el ala de maternidad del hospital de Bellevue, abrazando a su hija recién nacida, Tamar Teresa. Aún no convertida al catolicismo, Dorothy se sentía atraída todavía a personajes que llevaron a cabo grandes hazañas, como la gran reformadora Teresa de Ávila, cuyo nombre tomó para su propia hija, o incluso Juana de Arco, cuyo fervor la llevó al martirio. Ella no estaba preparada para tomar en serio a una curiosa “joven monja con una cara dulce e insulsa” (vii, todas son citas tomadas de la biografía Teresa de Dorothy a menos que se indique lo contrario), que parecía obsesionarse con mediocres pequeñeces com-paradas con los grandes conflictos de la época.

Y sin embargo, la mujer en la cama de hospital junto a Dorothy confundió el según-do nombre de Tamar con el nombre de la “Pequeña Flor” regalándole por ello a Dorothy la medalla de esta santa que tenía en su bolsillo, para que la prendiera en las ropas de la niña recién nacida. Tras previas protestas, Dorothy aceptó a regañadientes el regalo de esta nueva santa, no por aprecio a la santa sino porque el amor por su propia hija exigía un gesto de generosidad. Dorothy le daría a su hija no una, sino dos santas: De la mayor de ellas le daría su nombre y de la más joven le daría una “maestra novicia para que la entrenara en la vida espiritual” (vii). Así comenzó su propia relación con Teresa de Lisieux, cuya santidad requirió que Dorothy madurara para poder apreciarla.

De hecho, es este crecimiento, al cual se le llama de manera correcta “transformación,” lo que aminora de la resistencia aparente de Dorothy de ser proclamada una santa. No es de extrañar que muchos se precipitaran a repetir esa frase cuando el cardenal O’Connor propuso la idea en 1997 y más aún cuando el cardenal Dolan promovió su causa en 2012. Entre  más seria se torna la causa, con más frecuencia se escuchan estas palabras. Hace varias semanas Coleman McCarthy invocó estas palabras en un artículo del National Catholic Reporter en protesta por el “proceso burocrático para colocar una aureola sobre Dorothy,” tachándolo de táctica para debilitar el “alma del movimiento izquierdista”. El argumento de McCarthy es que el movimiento para canonizar a Dorothy es un movimiento para contenerla, para reducir de tamaño su radicalismo. Aparte del hecho de que el artículo tiende a ser anti-eclesiástico, McCarthy tiene razón al señalar que los santos canonizados, sobre todo los más conocidos o más populares, son a menudo descritos de manera superficial. Él cree que el hacer lo mismo con Dorothy deshonraría su integridad, y en ese sentido tiene razón.

En lo que él está equivocado es, sin embargo, en concluir que esto es lo que significa ser un santo canonizado y que el proceso de la Iglesia de nombrar a sus santos, el cual por lo general es un proceso burocrático, pretende tal resultado. Irónicamente, la forma más segura de reducir la originalidad de Dorothy sería aferrarse a definirla como una fuerza política, o un personaje luchando por una causa, o incluso como un agitadora perene en contra del status quo. A pesar de intentarlo, McCarthy no podría definir a Dorothy de acuerdo a estas categorías. De hecho, puede ser que la única categoría que puede captarla es aquella que el resiste: la de “santa”. Pero, y este es un pero contundente, no una santa de acuerdo a cómo cada uno de nosotros preferimos que sean los santos, sino más bien como los santos realmente son y demuestran ser. Esta es la razón por la cual la propia devoción de Dorothy hacia los santos es tan instructiva: al ir creciendo en respuesta a ellos, ella da testimonio no sólo de lo que significa ser un santo, sino también de lo que significa comprender a un santo.

Los santos se nombran con el fin de ser entendidos; no se entienden por adelantado. Son como los libros que uno recibe por recomendación de un amigo: “Este libro te hará bien.”  Uno acepta leer un libro de esta manera no porque uno ha determinado por cuenta propia que es bueno, sino porque confía en la recomendación. (Para llevar la metáfora un paso más allá, digamos que la Iglesia, por lo tanto, es como una biblioteca de buenos libros.) La lectura de un libro es entonces algo así como un experimento: para ver si uno puede encontrar lo bueno en él que alguien más encontró ya. Esta dinámica se llevó a cabo en la cama de un convaleciente en Loyola y en un jardín en Milán como lo fue en ese cuarto de hospital en Nueva York. Así como se realizó con Ignacio y Agustín, los santos fueron como libros recomendados que hicieron crecer a Dorothy. Ella no buscó a Teresa ni tampoco sabía que Teresa le haría bien, Teresita le fue recomendada y Dorothy tuvo que aprender a captar lo bueno en ella.

Leer la biografía espiritual de Teresa escrita por Dorothy es como recibir la propia recomendación de Dorothy sobre lo bueno que encontró en la “pequeña santa”.

Ella llegó a reconocer en la santa el deseo humano universal de crecer en el amor y la respuesta al problema humano universal de no saber cómo hacerlo. En todo aspecto, fue lo pequeño y lo escondido lo que condujo a Dorothy a la plenitud en el amor que ella buscaba para sí misma. Dorothy quería encontrar sus respuestas en la altanería de revueltas y derrocamiento de las estructuras de poder, pero con Teresita se vio obligada a contemplar lo mundano.

En los padres de Teresa, Dorothy descubrió diestros artesanos que manejaban elaborados detalles, ya fuera en la relojería (Louis) o en el bordado de encaje (Zèlie).  Fue este mismo cuidado y delicadeza que se llevaba a cabo en el hogar de los Martin, donde el trabajo rutinario y desapercibido de la vida familiar permanece escondido al mundo, menos para los que buscan detenidamente sus detalles.  Examinando cuidadosamente podría decirse que aún el cuidado que tuvieron Louis y Zèlie de vivir modestamente y ahorrar sus ingresos fue con el fin de crear “el tipo de hogar donde sería más fácil ser bueno. (31)

En otras palabras, los padres de Teresa se dedicaron a vivir sencillamente en su hogar, lugar donde se practicaría el amor, donde la preocupación por todos sería la norma, y donde la alabanza a Dios se expresaba de muchas formas. Se puede decir, entonces, que Dorothy encuentra en el hogar de los Martin la idea básica que ella llegó a amar de la visión de Peter Maurin para el Trabajador Católico, “para formar el tipo de sociedad en el cual es más fácil para la gente ser buena”, (31 ). La detallada atención de Dorothy a la pequeñez de Teresita le reveló un aspecto del gran bien hacia el cual ella orientaría su vida. Ella no lo vio al principio porque no estaba enfocándose en la delicadeza de la vida doméstica, sino hasta el momento en que sostuvo a su propia hija en sus brazos y Teresa le fue dada junto con ella.

En el relato de la muerte de Zèlie, la madre de Teresa, Dorothy observa de cerca la forma en que la Iglesia nos muestra la comunión que existe dentro y a través de la misma muerte. En una familia donde las fiestas litúrgicas señalaban el tiempo, era importante para la familia celebrar una fiesta el 24 de agosto, la fiesta de San Luis, la cual celebraban para honrar a su propio padre. Aún cuando la madre yacía en su lecho de muerte a punto de recibir la extrema unción, la familia se encomienda a la compañía de los santos. Cuando Zèlie recibe la extrema unción, el sacerdote reza a través de la intercesión de “María, San José, todos los ángeles, arcángeles, patriarcas, profetas, após-toles, mártires, confesores, vírgenes, y todos los demás santos” (43). Cuando despiden a Zèlie de este mundo lo hacen en el nombre de estos mismos ángeles y mártires y santos”, a través de Cristo nuestro Señor, Amén” (44).

Dorothy menciona a Teresa y sus hermanas como participantes en la misa de réquiem, unidas a esta gran compañía acabada de invocar. Cuando se lee en otra parte que la vida temprana de Teresita era una “fiesta de comunión” (Baltasar), esto es lo que se quiere decir. El buen hogar que sus padres crearon fue uno en el que se practicó la comunión, incluso a la hora de la muerte.

Al prestar cuidadosa atención a Teresa, quien no dejó más que su propia vida como testimonio (La Historia de un Alma no es más que eso), Day fue aprendiendo a valorar las cosas pequeñas, a ver su significado incal-culable, su dignidad y su valor. “Nunca hay un acontecimiento demasiado pequeño que Teresa deje de mencionar en sus memorias,” Dorothy escribe, “sabiendo que todos nosotros podemos pasar por los mismos acontecimientos pero tal vez no aprender la misma lección,” (76). Es como si se dijera: ‘comienza con una forma de testimonio, después contempla su significado: búscalo con el fin de comprenderlo”… como tratar de encontrar lo bueno en un libro recomendado por alguien, al leerlo detenida-mente.

Cuando Teresita ofrece su Primera Comunión por un pobre hombre del cual alguna vez se compadeció, pero quien rechazó la limosna que ella le ofrecía, Dorothy toma nota. Ella discernió en este momento los frutos de la educación que Louis y Zèlie dieron a sus hijos: “que era un privilegio servir a los desafortunados con sus propias manos y hacer las obras de misericordia directamente” (30). Cuando fue rechazado el regalo directo de la limosna, la creatividad de Teresita salió a relucir y ella entonces ofreció la propia comunión que había recibido por el bien de ese pobre hombre.  Ella hizo que su propia oración se convirtiera en un acto de comunión encarnada.

Cuando Dorothy, la admirada practicante de las Obras de Misericordia Corporales, pondera las obras espirituales como “armas espirituales para salvar almas, la penitencia por el lujo cuando los indigentes sufren, una obra para aumentar la suma total del amor y la paz en el mundo” ( 145), tal vez haya que considerar que fue esta creatividad de Teresa la que enseñó a Dorothy algo hasta ahora desconocido por ella: que existe una profundidad en el amor que une entre sí lo que uno hace por las necesidades evidentes de los más necesitados con la forma en que uno se ofrece a sí mismo como una ofrenda de sacrificio por la vida del mundo. Este es el don de la santa, de cualquier santo, de contemplar la unión para-dójica de la Encarnación hacia el Misterio Pascual como el bien que es la base y el clímax del sentido del mundo y de la existencia de cada individuo. Negarse a contemplar esta profundidad en Dorothy, una profundidad de la cual ella misma da testimonio, es reducirla a una caricatura de sí misma.

La belleza, la bondad, que Dorothy aprendió de Teresa de Lisieux no es la belleza por la que se rige el mundo. Es una belleza velada, oculta a los soberbios. Cuando Teresa le fue presentada a Dorothy, ella era demasiado orgullosa para recibirla tal cual era.  Dorothy quería grandeza a su manera, una revolucionaria a su manera, una santa a su manera. Lo que obtuvo fue una santa como realmente es: un don para su hija. Y en el corazón de esta santa encontró el misterio de la belleza de Aquel que la misma santa amó:

“Mi devoción al Divino Rostro, o más bien toda mi espiritualidad, se ha basado en estas palabras de Isaías: ‘No tenía gracia ni belleza, para que nos fijáramos en él, ni era simpático para que pudiéramos apreciarlo.     Despreciado y tenido como la basura de los hombres, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, estaba despreciado y no hemos hecho caso de él.’ Yo también deseo ser sin gloria o la belleza, a pisar sola el lagar, desconocida para cualquier criatura” (citado en 166).

La “pequeñez” que a Dorothy primero le pareció poco atractiva es la “pequeñez” que ella misma aprendió a amar. Es la “pequeñez” de no tomarse a sí mismo demasiado en serio, de no confiar en uno mismo demasiado, de encomendar todo al cuidado amoroso de un Padre amoroso, de descubrirse a uno mismo en el amor del Hijo, y de darse uno mismo al movimiento vivificante del Espíritu. Esto es lo que comunican los santos, como si dijeran, junto con Cristo quien se entrega a sí mismo como alimento para el mundo, “Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí. (Agustín, Confesiones VII.10.16 traducción de Maria Boulding). Esto no es un adorno piadoso al testimonio de Dorothy.  Por el contrario, es su propio testimonio acerca de cómo llegó a entender la santidad a través de su devoción a aquella a quien ella primeramente rechazó como “santita” porque no se ajustaba a su noción de “santidad”. Si Dorothy es una santa entonces ella dio al mundo lo que ella primero recibió, como Teresita ofreció su comunión al pobre hombre.

El pedir a los santos que oren por nosotros requiere no tanto de ellos como de nosotros los que estamos pidiendo.  Los que pedimos debemos permitir ser transformados y abrirnos para poder emular su santidad.

Ellos nos enseñan lo que significa ser humano: hemos de convertirnos en lo que ellos son, y no viceversa. Cuando Dorothy dijo: “No me llamen santa”, yo entiendo que quería decir que no la conformáramos a nuestras propias ideas prefabricadas de lo que significa ser humano, ser bueno, ser santo. Hacerlo equivaldría a descartar la lucha y el esfuerzo, el trabajo y la incertidumbre, las aspiraciones y el anhelo profundo que tuvo toda su vida y que fue la base de su santidad propia. Teresa no se ajusta a las expectativas preexistentes de Dorothy y Dorothy no se ajustará a las nuestras.

En mi caso, sé que yo preferiría encontrar en los santos mi propia imagen, tal como soy yo en la actualidad. Sería más fácil tratar de imitarlos porque entonces yo podría utilizar solo la energía que quisiera, para crecer de la manera más grata para mí, y para seguir siendo lo mismo en todas las demás áreas que considerara conveniente. Para tomar a Dorothy en serio, como ella misma fue, es necesario romper con esa manera de pensar. La Iglesia está estudiando la santidad de Dorothy con el fin de discernir si su testimonio de santidad es auténtico, con-fiable y digno de imitación. En otras palabras, la Iglesia está preguntando si Dorothy es, en sí misma, una revelación original del misterio de la Encarnación, para estudiar como el abrazo eterno de la carne humana transforma aquella carne para siempre, preservándola y perfeccionándola de una vez.

Esta es la pregunta principal, la más amplia que se pudiera preguntar sobre Dorothy. Es también una pregunta que requiere una observación disciplinada de su persona. Así como ella misma aprendió con Teresa, la pregunta no puede hacerse en base a como quisiéramos que fuera un santo; debe hacerse como un verdadero acto de investigación, para descubrir lo que es un santo en realidad. La Iglesia tiene el deber de hacer esta pregunta porque, debido a su identidad y su misión, la Iglesia está obligada a contemplar a Jesucristo tal y como el Espíritu Santo, hasta ahora, nos lo ha comunicado. Es un acto de fe considerar la posibilidad de que los frutos del amor de Cristo hayan transformado a esta vida humana real e histórica. La Iglesia nombra a sus santos porque tiene que, si hemos de creer que las promesas de Cristo son ciertas.

Yo, por mi parte, nunca conocí a Dorothy. De hecho, yo nací casi un mes después de su muerte. Pero podría ser que Cristo, quien busca a cada uno de nosotros a lo largo de todos los tiempos, me encuentre en la santidad peculiar de esta sierva suya, en cuya casa del Trabajador Católico he cenado y servido a otros, cuya devoción a las necesidades reales de los más necesitados bloquea mis tendencias hacia la autocomplacencia, cuya audacia política revela la relevancia del Evangelio, y cuyo amor hacia los santos, en sus propios términos y no en los de ella, me enseña lo que significaría aprender a amar a Dorothy como a una santa?

 

El Trabajador Católico de Houston, Vol. XXXIV, No. 4, septiembre-octubre 2015.