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La muerte por terremoto en Haití; Los daños colaterales del neoliberalismo

Cada miércoles por la noche en Casa Juan Diego se celebra la Santa Misa en honor de la llegada de los nuevos huéspedes de Casa Juan Diego a los Estados Unidos. Es nuestra tradición de pedirle a uno de los inmigrantes recién llegados que cuente la historia de su viaje.

A menudo, las historias que nos cuentan son desgarradoras, y normalmente es muy difícil para los participantes que nos cuentan sus aventuras en expresar sus experiencias en palabras. Por esta razón, yo he aprendido a no fijarme tanto en las palabras mismas, sino en sus expresiones faciales y en los esfuerzos que hacen para no derramar las lágrimas. En los momentos particularmente difíciles para el que habla, yo puedo ver a los hombres y las mujeres de la congregación dar su apoyo, de manera no verbal generalmente, pero a veces en voz alta. Ellos conocen el sufrimiento que el hablante está tratando de expresar. Ellos conocen este sufrimiento en sus huesos. El sufrimiento de los que hablan es el mismo sufrimiento de los que escuchan.

En Casa Juan Diego, tenemos muy en cuenta la situación tan difícil de los pobres del mundo porque los conocemos y compartimos sus luchas personales. Aunque nuestro trabajo es principalmente con los migrantes de México y Centroamérica, la tragedia del terremoto en Haití nos pegó duro a todos nosotros. Nuestra experiencia con los desposeídos de América Latina nos ayuda a comprender al sufrimiento tan enorme de Haití, y el análisis de las causas del sufrimiento de nuestros huéspedes nos ayuda a comprender las causas de las pérdidas masivas de vidas en Haití.

Creo que tanto la migración masiva de América Latina a los Estados Unidos y las muertes masivas en Haití tienen su origen en las mismas instituciones económicas y políticas. Para decirlo sin rodeos, las personas sin hogar en Casa Juan Diego y los muertos en Haití se puede considerar daños colaterales del neoliberalismo: un sistema económico globalizado, que idolatra a las ganancias económicas a expensas de los seres humanos.

Estas son palabras fuertes, lo sé, y parece que van en contra de la teoría aceptada de que fue lo fuerte del terremoto, 7.0 en la escala de Richter, lo que causó la muerte a todas aquellas personas en Haití. Es claro que cuando hay un sismo muy fuerte en una ciudad grande, la gente va a perder la vida. Pero la mayoría de las veces los terremotos de 7.0 en la escala de Richter son eventos que se pueden sobrevivir.

El terremoto de Loma Prieta, que afectó a la Bahía de San Francisco durante la Serie Mundial de beísbol de 1989, fue uno de 7.1 en la escala de Richter, y tan sólo mató a 66 personas y no a 200.000, o 270.000, o lo que sea la cifra final en Haití. Una diferencia tan grande en los efectos de dos terremotos muy similares no se pueden explicar por pequeñas diferencias en actividad sísmica, o por otras causas naturales. El terremoto en sí fue un acontecimiento natural, pero la mayoría de las muertes de Haití se pudieron haber prevenido.

La razón de la diferencia entre el número de víctimas del terremoto de Haití y el de San Francisco se encuentra en parte en la geología, pero sobre todo en la economía. El terremoto en Haití alcanzó un país muy pobre, un país sin los recursos para imponer códigos apropiados para la construcción, y sin los recursos para rescatar a las personas atrapadas rápida-mente, ni para brindar atención médica a los heridos, ni dar de comer a los hambrientos. Tampoco tenía Haití la infraestructura o recursos necesarios para proveer el saneamiento de la población. Haití es y era un país tan pobre que los desempleados y los indigentes estaban amontonados ,hacinados en casas no bien hechos en Port-au-Prince, víctimas indefensas en contra de la enfermedad, la delincuencia, el hambre y la muerte. Los pobres de Port-au-Prince se estaban muriendo de pobreza antes del terremoto, se murieron de pobreza durante el mismo, cuando se les cayeron sus mal construidas viviendas encima, y murieron de pobreza después del mismo. Y es la pobreza lo que los continúa matando ahora.

San Francisco, por el contrario, pertenece a un país rico que fácilmente puede darse el lujo de promulgar y hacer cumplir los códigos de construcción, y que tiene la capacidad e infraestructura para prestar servicios inmediatamente después de los desastres. Básicamente, si usted va a estar en un terremoto, es mucho mejor que le suceda en un país rico, de la misma manera que si usted desea obtener un empleo que le permita mantener a sus familia, está mucho mejor en un país donde existen tales puestos de trabajo. Incluso ahora, en la peor situación económica de la que la presente generación tiene memoria, el ingreso anual promedio de las familias en los Estados Unidos es de aproxi-madamente $ 50,000 dólares. En Haití, antes del terremoto, el ingreso anual promedio por familia era de alrededor de $1,600 dólares.

En los países más pobres, donde casi no hay empleos que paguen lo suficiente para alimentar a una familia, la gente emigra. ¡Por supuesto! Los que no salen, mueren lentamente de hambre, o acaban muriéndose de enfermedades que se previenen y curan fácilmente en los países desarrollados. O mueren en los “desastres naturales” : las hambrunas recurrentes, las inundaciones, los terremotos, etc., que pueden matar a un puñado de personas en los países ricos, pero que matan a miles o decenas de miles de personas en los países pobres. En el análisis final, lo que acaba matando a la gente pobre no son tanto los desastres naturales en sí mismos como la pobreza. Así es, es la pobreza la que los mata, la pobreza que es el resultado de un sistema económico y político internacional que los pobres no ayudaron a crear, y el que los pobres no tienen capacidad para cambiar.

Mis investigaciones académicas se han enfocado sobre los factores que contribuyen a la migración masiva no autorizada de los trabajadores de zonas rurales de México a los Estados Unidos. Como es natural, yo veo lo que está sucediendo con la economía en Haití a través del lente de lo que ha sucedido a la economía de zonas rurales en México. Aunque México es un país mucho más rico que Haití, la difícil situación de los campesinos es prácticamente la misma. Los cambios sociales, políticos y económicos que la globalización ha impuesto sobre los campesinos pobres han destruido una forma de vida que ya era antigua cuando Cristóbal Colón llegó al Nuevo Mundo. La actual crisis económica global ha causado baje aún más el nivel de vida de muchas de las comunidades rurales y de las personas que he entrevistado en México durante los últimos cuatro años. Como los prospectos económicos para muchos campesinos han empeorado, esto ha resultado en que emigran a los Estados Unidos en números todavía más grandes que en el pasado, aunque estén muy conscientes de que la crisis económica en los Estados Unidos ha hecho que sea muy difícil encontrar trabajo.

Aunque se puede decir que las políticas de “libre comercio” son parte de la razón de que México ha pasado de ocupar el lugar número 26 a ocupar el lugar número 8 entre las economías más grandes del mundo, este crecimiento ha sido injusto y desigual. Al mismo tiempo que los ricos se han hecho mucho más ricos, los salarios de los trabajadores (ajustados a la inflación) han disminuido en un 20% durante este período de crecimiento (Sernau, 2006). Los investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han descubierto que las familias de los campesinos pobres, en particular, han perdido el 44% de su poder adquisitivo en los últimos tres años. Las importaciones, principalmente provenientes de los Estados Unidos, han obligado a los agricultores mexicanos a salirse del mercado y a abandonar sus tierras. Los campesinos locales que tienen pocas tierras, ya sea en Haití o México, simplemente no pueden competir contra las enormes corporaciones agrícolas que son subsidiadas por impuestos norteamericanos (McCarty, 2008).

Debido a que los ingresos de los campesinos han disminuido tanto, no me sorprende que la emigración de las áreas rurales de México haya aumentado en un 40% en los últimos 6 años. En mayo de 2009 había más de 33 millones de personas viviendo en las zonas rurales de México, pero sólo 8.5 millones de ellas estaban dedicadas a la agricultura y la ganadería (El Universal, 2010).

Con todo y todo, y a pesar de lo mala como es la actual situación económica en las zonas rurales, México es un país relativamente próspero, y en la que la democracia funciona, aunque sea imperfectamente. México tiene la capacidad para ofrecer algo de resistencia a las presiones del capital internacional y de sentarse a la mesa durante la negociación de tratados económicos. Haití, por otra parte, tiene una economía que está seriamente endeudada, y el gobierno de Haití simplemente no funciona, por lo tanto, no tiene ningún lugar en ninguna mesa donde ocurran las negociaciones económicas. Por estas razones, Haití ha estado a merced de los bancos de inversión y las instituciones internacionales de crédito por muchos años.

Esta es una historia que el Sur Global conoce bien: después de la Segunda Guerra Mundial, al mismo tiempo que las estructuras del colonialismo se venían para abajo, los hombres ricos de los países ricos encontraron una manera, inclusive mejor que el colonialismo para mantener fluyendo sus ganancias provenientes del “tercer mundo.” Lo que las naciones del Sur Global llaman el “neoliberalismo” y que nosotros llamamos la “globalización” es un sistema interconectado de préstamos. Este sistema ha obligado a los países a la privatización de los servicios gubernamentales, a la “apertura” de mercados “libres”, y los tratados que restringen la capacidad de las naciones para regular las empresas trans-nacionales. Todo esto opera a través de organizaciones internacionales, principalmente el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y está respaldado por la amenaza de aislamiento económico, la quiebra y hasta la invasión por el ejercito norteamericano, si las cosas llegan a más. Hace más de cuarenta años que el neo-liberalismo ha asegurado que los países que anteriormente habían sido colonizados, como Haití, continúen desempeñando su papel en para que los ricos se sigan haciendo más ricos sobre las espaldas de los pobres.

En la década de 1980 la situación económica en general empeoró para el Sur Global y para Haití. La recesión global causó una situación en la que los países anteriormente colonizados se encontraron con deudas enormes, a tal grado que estos países nunca podrían llegar a pagar sus deudas externas a menos de que obtuvieran más préstamos con intereses aún más altos. De esta manera, Haití, y gran parte del resto del hemisferio sur, se embarcaron en una carrera hacia el precipicio.

A cambio de otorgar préstamos revolventes, el Banco Mundial y el FMI imponen a los países endeudados “ajustes estructurales” que consisten en la privatización de los servicios públicos, la deregulación de los mercados, la reducción de las barreras comerciales, la disminución del gasto guber-namental en los servicios de salud, los servicios sociales y la educación (Hutchison, 2008). Aunque aproximadamente dos tercios de la deuda de Haití le ha sido perdonada, este país todavía debe alrededor de $ 700 millones de dólares, y actualmente, según la página web del Banco Mundial, Haití tiene que hacer pagos programados hasta el año 2044. Y Haití sólo terminará de pagar su deuda externa en esta fecha si por arte de magia nunca tiene que volver a pedir prestado otro centavo.

La ironía es que las condiciones impuestas a Haití para poder obtener préstamos revolventes le ha impedido al gobierno que gaste dinero en los bienes y servicios que son más necesarios para el desarrollo económico: la educación, los servicios de salud, y los servicios sociales. Hasta el año pasado, Haití le estaba pagando cada mes $ 1.6 millones de dólares en intereses tan sólo al Banco Mundial. Este dinero podría haber sido el apoyo a la agricultura, o pudo haber servido para pagar más maestros o para la construcción de edificios que no se cayeran encima de la gente. Al igual que una familia que tiene muchas deudas en tarjetas de crédito está en una espiral desastrosa, la economía de Haití pasó de ser muy mala a ser insoportable a medida que las deudas aumentaban. Y tal vez la parte más triste de ésta historia es que por lo menos $ 504 millones dólares de los $ 844 millones dólares de los préstamos originales, en vez de utilizarse para el desarrollo económico, fueron en cambio a parar en las cuentas bancarias suizas de los dictadores Papa Doc Duvalier y su hijo Baby Doc (Klein, 2010). Ambos dictadores, al ser “anti-comunistas”, contaron por más de cuarenta años con el apoyo de los presidentes de los Estados Unidos, tanto Demócratas como Republicanos por igual.

A pesar de que los Duvalier ya se han ido, los problemas permanecen. Mi predicción es que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional no van a resolver los problemas de Haití. Las intervenciones que éstas instituciones dictan no pueden resolver los problemas de ninguna de estas dos naciones, porque las premisas sobre las que basan todo el proceso son fundamentalmente erróneas. La idea neoliberal que lo que necesitan los países más pobres es la plena participación en el brutal sistema económico de “libre comercio,” en donde el objetivo es el lucro, no ha funcionado muy bien para el Sur Global, y definitivamente no ha funcionado para Haití. Los argumentos económicos aparentan ser de carácter técnico, el resultado final es que el capitalismo funciona bien para los que tienen el capital, no funciona tan bien para los que no lo tienen.

Creo que el cambio que se necesita no vendrá de parte de los gobiernos o de las instituciones internacionales de crédito, y mucho menos de los bancos inversionistas. El cambio vendrá de reevaluar lo que es importante, y lo que no lo es. Las personas son importantes. Las cosas que no son importantes son las ganancias financieras enormes, el consumo masivo de bienes y servicios, y el crecimiento excesivo del Producto Interno Bruto (PIB). Lo que verdaderamente importa es la manera en que los seres humanos se relacionan unos con otros como seres humanos, no como consumidores o productores.

En mi opinión, existe un magnífico recurso para reconsiderar el ámbito económico en la doctrina social de la Iglesia Católica. Esta doctrina enfatiza la dignidad de la persona humana, la importancia de la comunidad y del bien común, y la opción preferencial para los pobres. Aquí, en Casa Juan Diego, tratamos de vivir estas enseñanzas a través de la vida en comunidad y a través de la pobreza voluntaria, así como los Zwick han dicho a menudo : aquí nadie recibe un salario.

Pero hay muchas formas de vivir las enseñanzas de la Iglesia Católica, y existen muchas maneras de interpretar estas enseñanzas. Yo siento en lo más profundo de mi ser que existe una interpretación honesta de la doctrina social de la Iglesia que tolere sistema económico global presente, el cual es un monstruo que destruye las economías locales y las economías de naciones enteras, que obliga a la gente a abandonar sus hogares y separarse de sus familias, y que luego todavía cataloga como delito sus intentos para sobrevivir.

Recientemente, una pareja de Centroamérica llegó a Casa Juan Diego al anochecer. La mujer había sufrido el desfiguro y se había vuelto inválida durante su peligroso viaje a los Estados Unidos. Ellos habían estado durmiendo en las calles de Houston durante varios días antes de llegar con nosotros. Cuando ayudé a enseñarle a la mujer la habitación sencilla que le habíamos asignado en la casa de las mujeres, ella literalmente gritó y saltó de alegría, por su gran fortuna. Una verdadera cama! Con sábanas y cobijas! En ese instante me dí cuenta plenamente del gran abismo de privilegio que existe entre nosotras. Nosotras no podíamos haber sido más diferentes en las cosas que el mundo insiste que son importantes. Yo no podía haber sido más afortunada, ella no podía haber sido más desafortunada.

Por algún tiempo después de este encuentro, al igual que las personas que nos cuentan sus historias durante la Misa en Casa Juan Diego, tuve problemas para poder expresar esta experiencia en palabras. Aunque la mujer ya no vive en Casa Juan Diego, yo la veo cada semana, y esto resulta en lo que tan sólo puedo describir como una experiencia emocionalmente dolorosa para mí. Pero es necesario que veamos los efectos de nuestro sistema económico sobre las personas de carne y hueso, y debemos recordar todo esto si es que queremos encontrar el valor para seguir las enseñanzas de nuestra iglesia, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Bibliografía

Aronowitz, S. (2003). Global capital and its opponents. In S. Aronowitz & H. Gautney (Eds.). Implicating empire: Globalization & resistance in the 21st century world order (pp. 179-195). New York: Basic Books.

Hutchinson, E. D. (2008). Dimensions of human behavior: Person and environment. Thousand Oaks: Sage.

Klein, N. (2010, February 11). Haiti: A creditor, not a debtor. The Nation,http://www.thenation.com/doc/20100301/klein .

McCarty, D. (2008). The impact of NAFTA on rural children and families in Mexico: Transnational policy and practice implications. Journal of Public Child Welfare, 1(4), 105-123.

Sernau, S. (2006). Worlds apart: Social inequalities in a global economy (2nd ed.). Thousand Oaks, CA: Pine Forge Press.

Sin poder comprar básicos, 28 millones del campo. (2010, January 6). El Universal,http://www.eluniversal.com.mx/notas/649879.html .

Trabajador Católico de Houston, Vol. XXX, No. 2, marzo-abril 2010.