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Posees lo ajeno cuando posees lo superfluo: Enseñanzas de los Padres de la Iglesia para la economía de hoy en día

por Juan Biosca González e Irene Mora Pérez

Juan Biosca visitó a Casa Juan Diego con su hija, Mireia, en julio de este año. Estos son extractos de su libro, Posees los ajeno cuando posees lo superfluo, publicado por la Fundación Emmanuel Mounier en Madrid, Acción cultural Cristiana, SOLITEC, el Instituto Social del Trabajo de Valencia, e IMDOSOC de México

Las citas que el autor destaca de los Padres de la Iglesia son de la clase que Dorothy Day y Peter sacaba en el Trabajador Católico, en semejantes temas. Este libro se trata de Destino Universal de los Bienes, un concepto fuerte en el pensamiento de los Padres de la Iglesia y en la Doctrina Social de la Iglesia.

La razón por la que hemos elegido el tema del Destino Universal de los Bienes (DUB) en los Padres de la Iglesia es una mezcla de interrogantes, inquie-tudes y búsquedas inacabadas para responder a una fe y una caridad vivas y activas. El cristiano está llamado a vivir su fe coherentemente y en sintonía con la Iglesia, y esto nos lleva a un continuo peregrinar a las fuentes. Sólo una fe y una caridad profundamente ancladas en los orígines pueden ser significantes para el hoy de nuestra fe. El Destino Universal de los Bienes es crucial para conocer el plan de Dios en la Creación del mundo y en el desarrollo histórico del hombre. Nuestro estudio se centrará en el pensamiento de los Padres de la Iglesia para descubrir cómo la Iglesia tenía en sus orígenes una clara autoconciencia de la dimensión social de la fe. Era, desde el inicio, uno de los principios estructurantes de la vida cristiana a nivel personal y social, así como un marco conceptual en el que se contextualizan los conceptos más importantes de la enseñanza social de la Iglesia. Una diversidad de temas como el derecho de propiedad, la riqueza, los bienes, la necesidad, el desarrollo, la ecología, la administración de lo creado, el compartir, la limosna, la justicia, el trabajo, el robo, la avaricia, el despilfarro, lo superfluo, adquieren una dimensión nueva y distinta desde el DUB, que, junto con el Bien Común, polariza el amplio campo de fuerzas de la Doctrina Social de la Iglesia.

Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de la Tradición eclesial, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia acreditando la dimensión social de la fe como parte integrante del kerigma cristiano. Los Santos Padres, en cuanto testigos inmediatos de la tradición apóstolica e intérpretes autorizados de la Sagrada Escritura, manifiestan una especial sensibilidad en lo referente a la radicalidad de la doctrina social de la Iglesia, particularmente en el uso de la riqueza, la igualdad social y la comunicación de bienes.

Para los textos de los Santos Padres, utilizaremos la compilación de R. Sierra Bravo: El Mensaje Social de los Padres de la Iglesia , Ciudad Nueva, Madris, 1989.

De los bienes, las riquezas,y su posesión

Cuando dice el Señor: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dalo a los pobres” (Mateo 19, 21), confunde al que alardeaba de haber cumplido desde su juventud todos los mandamientos, pues no había cumplido el de “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19, 19). Mas luego, llevado por el Señor a la perfección, se le enseñó a comunicar de lo suyo por amor con los demás. No prohibió pues, el Señor buscar la riqueza honestamente; sí ser rico injusta e insaciablemente. (Clemente de Alejandría, El Pedagogo III 6 (M.G.8, 1157).

Nosotros decimos sernos ajenas las cosas del mundo, no porque sean torpes y no pertenezcan al Dios Señor del Universo, sino porque no permanecemos con ellas para siempre. En cuanto a la posesión, son ajenas y pertenecen a nuestros sucesores; mas, en cuanto al uso, son propias de cada uno de nosotros, por quienes fueron también creadas, pero sólo por el tiempo en que nos es forzoso convivir con ellas. (Clemente de Alejandría, IV, 13 (M. G.9, 1302).

La riqueza, para los Padres Griegos, es casi siempre injusta, bien por su origen inmediato, bien por su origen remoto, o bien por la falta de un uso justo de ella, que satisfaga su finalidad social. “El Señor añadió que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19, 24). No es crimen poseer bienes, pero se ha de observar un orden en esta posesión. No está el delito en la misma posesión, sino en el modo injusto de poseer. El querer enriquecerse es preocupación peligrosa y la conciencia ocupada con la ambición de riquezas sufre grave quebranto.

Así pues, sólo su comunicación hace buenas las riquezas y justifica su posesión (San Juan Crisóstomo, Peccata fratrum…., 2: PG 51, 365; In Ps. XLVIII. Hom. Y, 2: PG55, 503). Si las riquezas producen pobreza en lugar de resolverla, no son riquezas, sino armas de destruccion de aquello que por la naturaleza es el ser humano (San Juan Crisóstomo, In Cor. Hom. XIII, 5: PG 61, 115).

El tema del Destino Universal de los Bienes es una de los constantes en el Magisterio de la Iglesia, desde los Santos Padres a nuestros días.

El escenario actual es de verdadero escándolo. Es prác-ticamente imposible explicar o justificar los extremos existentes entre los diferentes pueblos de la tierra. Resulta paradójico que, en el III Milenio, hablemos de “enfermedades de ricos” (como el cáncer, los problemas cardiovasculares, etc., con-secuencia del ritmo de vida acelerado e inhumano que nos impone el sistema capitalista, asi como del consumo desbordado de alimentos fundamentalmente proteicos, o de una alimentación desequilibrada y tendente a todo tipo de excesos), y “enferme-dades de pobres” (como infecciones mortales que se evitarían con una simple vacuna o unas condiciones higiénicas y nutricionales saludables). Así pues, mientras unos mueren de vicio, otros mueren simplemente de hambre. Por ello urge profundizar en una adecuada concientación y sensibilización que nos predisponga al compartir para reducir semejantes desigualdades. No es moral que alguien pase hambre para que otro viva mejor.

El DUB es un eje transversal del mensaje cristiano. La Iglesia, al proclamarlo al ser humano, asume un gran reto de novedad para el mundo de hoy, dominado por la secularización, la profunda desesperación, el sentimiento de vacio e inutilidad, y la pérdida de sentido de la vida y de la historia.

De la afirmación básica sobre el DUB, Pablo VI y Juan Pablo II han deducido varias consecuencias, que debemos querer y sabar aplicarnos. Algunas son concreciones económicas acerca de la licitud de la expropiación en determinadas circunstancias, o de la ilicitud de la evasión de capitales, o del uso que hacemos del dinero con fines especulativos egoístas e insolidarios con las necesidades del propio país, y de otros países empobrecidos. Otras son m bien orientaciones morales genéricas sobre la obligación de atender solidariamente a los que no tienen, o sobre la jerarquía de valores en la vida: que el tener no se sobreponga al ser. Finalmente se ha esclarecido como norma la licitud o ilicitud de la propiedad privada: su relación real y efectiva con el DUB, el cual supone y lleva implícita la negación no solo de la lógica del dinero, sino tambien la del poder como instrumento metodológico para la acción evangelizadora. De ese modo la encarnación del DUB de manera profética y confesante es un claro antídoto contra la tentación de asumir el poder como instrumento para la proclamación del Evangelio. La historia de la Iglesia, larga y llena de penalidades, es la historia de un pueblo continuamente puesto en la tentación de elegir el poder en vez del amor, de ser líder en vez de dejarse guiar. Los que resisten a esta tentación, y por eso nos llenan de esperanza, son los santos.

Siguen extractos de las palabras de los Santos Padres de la Iglesia sobre el Destino Universal de los Bienes de la tierra.

San Ambrosio:

Libro de Nabuthe Jezrealita, (M.L., 14, 765 y sigs.), pag. 395.

“Y dijo el rico: ‘Esto haré: destruiré mis graneros’. Ni siquiera pasó por su imaginación decir: ‘Abriré mis graneros para que entren quienes no pueden remediar su hambre; vengan los necesitados, entren los pobre, llenen sus senos; destruiré las paredes que excluyen al hambriento. ¿Por qué voy a cerrar con cerrojos el trigo, con el cual Dios ha llenado toda la extensión de los campos, donde nace y crece sin custodia?’”

San Jerónimo:

Epístola CXXX, a Demetríades,núm. 14 (M.L. 22, 1118), pag. 428.

“Si quieres ser perfecto vende, no parte de tus bienes, sino todos. Y cuando los vendas, ¿qué debes hacer después? Dáselos a los pobres. No a los ricos ni a nuestros parientes, ni para la lujuria, sino para remediar las necesidades de los demás… Algunos emplean su fortuna en edificar iglesias y revestir sus muros de bajorrelieves de mármoles, alzan columnas inmensas y decoran sus capiteles con adornos preciosos, enriquecen las puertas con plata y marfil y hacen que en sus altares brillen el oro y las piedras preciosas. No lo reprendo ni me pongo a ello. Cada uno obre según su juicio. Mejor es hacer esto que amontonar avariciosamente las riquezas. Pero a ti se te proponen otros caminos; vestir a Cristo en los pobres, visitar a los enfermos, dar de comer a los que tienen hambre, acoger en tu casa a los que carecen de hogar, y especialmente a los de tu misma fe, auxiliar a los monasterios de las vírgenes, y tener cuidado de los siervos de Dios y de los pobres de espíritu.

San Agustín:

Epístola 130, núms. 3, 12 y 13 (M.L. 33, 495 y 498), pág. 443.

“¡Oh, si amáramos debida-mente a Dios no amaríamos enabsoluto el dinero! Entonces sería para ti el dinero un instrumento de peregrinación, no un cebo de la codici, y de él usarías para tus necesidades y no para deleitarte en él… Usa del dinero como el viajero en el mesón usa de la mesa, el vaso, la olla, la cama. Lo has de abandonar, no lo has de poseer siempre.”

San Basilio:

Homilía “Destruam horrea mea” (M.G., 31, 261-77), págs. 113-115-116.

“Ea, pues, reparte de modo vario tu riqueza, sé ambicioso y magnífico en gastar en favor de los necesitados. No vendas a altos precios, aprovechándote de la necesidad. No aguardes a la carestía de pan para abrir entonces tus almacenes. No esperes, por amor al oro, a que venga el hambre, ni por hacer negocio privado la común indigencia. No seas traficante de las calamidades humanas. Tú miras el oro, y no miras a tu hermano: reconoces el cuño de la moneda y disciernes la genuina de la falsa, y desconoces de todo punto a tu hermano en el tiempo de necesidad.”

“¿Y qué es lo que dice el rico? ‘Alma mía, tienes muchos bienes en reserva, come, bebe, banquetea diaramente’ (Luc. 12, 19). ¡Oh insensatez! Si tuvieras alma de cerdo, ¿qué otras buenas noticias le dieras? ¿Tan bestial eres, tan poco entiendes de bienes del alma, que le ofreces los manjares de la carne y, lo que ha de parar en el retrete, eso presentas como regalo de tu alma?”

San Gregorio Niseno:

Sobre las Bienaventuranzas.

Discurso V (M.G., 44, 1251-6), pags. 183-184.

“Dios quiere que lo deficiente se iguale con lo abundante, y lo que falta se supla con lo que sobra, y para ello pone por ley a los hombres la compasión con los menesterosos. Y es así que, si la compasión no ablanda el alma para que socorra a su prójimo, no hay manera de que nadie dé un paso para aliviar la desgracia ajena.”

Sobre los pobres que han de ser amados, Discurso I (M.G., 46, 453, 472), págs. 190-191.

“Así es Dios, primer inventor de la beneficiencia y proveedor a la par rico y compasivo de lo que necesitamos. Nosotros, empero, a pesar de que cada letra de la Escritura nos enseña a imitar en todo a nuestro Señor, todo lo dirigimos a nuestro propio goce, y unas cosas las destinamos ya para nuestra vida y otras las atesoramos para nuestros herederos. Mas ninguna cuenta tenemos con los desafurtunados, ni preocupación alguna de bondad para con los pobres.”

“Poned medida a las necesidades de vuestra vida. Nos ea todo vuestro: haya también una parte para los pobres y amigos de Dios. La verdad es que todo es de Dios, padre universal. Y nosotro, como de un solo linaje, somos hermanos. Ahora bien, los hermanos, en el caso mejor y más justo, han de entrar por partes iguales en la herencia.

San Juan Crisóstomo:

Sobre el incomprehensible.

Homilia VIII, 2 (M. G., 48, 770), pág. 211.

“Precisamente por ser pobre puedes señaladamente practicar la limosna. Y es así que el rico, embriagado por la abundancia de su dinero, sólo piensa en acrecentar lo que tiene; el pobre, empero, libre que está de esa enfermedad, se desprende más facilmente de lo que tiene. Lo que da su carácter a la limosna no es la cantidad de bienes, sino la cantidad de intención o espíritu. sí, la viuda del Evangelio sobrepasó a los que nadaban en riqueza, y la otra viuda dio hospedaje al profeta y para ninguna de las dos fue obstáaculo la pobreza.”

Sobre Lázaro, Homilia II, 1 y sigs. (M.G., 48, 982 y sigs.), pág. 214-215.

“Y así es que el no dar parte de lo que se tiene es ya linaje de rapiña. Reprendiendo Dios a los judíos por boca del profeta, dice: ‘La tierra ha producido sus frutos y no habéis traído los diezmos, sino que la rapiña del pobre está en vuestras casas’… Y es así que las cosas o riquezas pertenecen al Senor y, si las distribuimos entre los necesitados, lograremos gran abundancia. Y si el Señor te ha concedido tener más que los otros, no ha sido para que lo gastes en fornicación y embriaguez, en comilonas y vestidos lujosos, sino para que lo distribuyas entre los necesitados… Y es así que el que quiere practicar la bondad no tiene que pedir cuenta de la vida, sino remedio de la pobreza y socorrer la necesidad. El pobre sólo tiene una defensa, que es su indigencia y necesidad. No le pidas más; aun cuando sea el hombre más malvado, si carece de necesario sustento, remediemos su hambre.”

Homilia LXXVII, 2-6 (Ruiz Bueno, II, 539 y sigs.) sobre San Mateo, pág. 265-266.

“¿Acaso es tuyo lo que tienes? Se te han encomendado los bienes de los pobres, aun cuando esos bienes los hayas adquirido por herencia paterna, aun cuando provengan de tu legítimo trabajo. Porque ¿acaso no podía Dios quitártelos? Si no lo ha hecho es porque quiere que puedas mostrarte generoso con los necesitados… No porque Dios te haya mandado como si dieras de lo tuyo pienses que es efectivamente tuyo. Te lo prestó para que con ello alcances gloria. No pienses, pues, que es tuyo, cuando le das lo suyo.”

Sobre Lázaro,

Homilia II, 1, y sigs. M. G., 48, 982 y sigs.), pág.213.

“No es rico el que está rodeado de muchas cosas, sino el que no necesita de muchas; ni es pobre el que no posee nada, sino el que desea muchas cosas.”

Al pueblo de Antioquía, Homilia II, 5 a 8 (M. G., 49, 39 y sigs.), págs. 217-218.

“Pues no tratemos tampoco nosotros de adornar nuestras casas, sino, antes que la casa, nuestra alma. ¿No es vergonzoso recubrir sin razón ni motivo las paredes de mármoles y dejar que Cristo ande por las calles desnudo? ¿Qué te aprovecha, hombre, tu casa? ¿Es que te la vas a llevar de este mundo? No, no te llevarás la casa al salir de este mundo; lo que te llevarás sin remedio es tu alma…. Edifiquemos casas para vivir, no para ostentación. Lo que se sale de la necesidad es superfluo e inútil. Ponte unos zapatos mayores que el pie. No los aguantarás, porque te impiden la marcha. Así, una casa mayor que lo necesario te impide la marcha al cielo.”

San Jerónimo: Contra Joviniano, Libro II, núm. 11 (M. L., 23, 314) pág. 429.

“Fácilmente se pueden cubrir las necesidades de la naturaleza: con un vestido simple y manjares sencillos se pueden remediar el frío y el hambre. Por lo cual dice el apóstol: ‘Teniendo alimento y con que cubrirnos, no deseamos más’ (I Tim. 6, 8). La diversidad de manjares y placeres fomenta la avaricia.”

San Agustín:

Enarraciones en los Salmos, Salmo 147, núm. 12, vers. 13 (M.L., 37, 1922) pág. 468.

“Investiga las cosas que son necesarias y verás cuán pocas son. Ved que no sólo es poco lo que os es suficiente, sino que ni siquiera Dios os exige mucho. Pide lo que te dio, de ello quita lo que te sea necesario; los demás bienes, que son superfluos para ti, a otros son necesarios. Los bienes superfluos de los ricos son necesarios a los pobres. Posees lo ajeno cuando posees lo superfluo.”

Trabajador Catolico de Houston, Vol. XXII, No. 6, septiembre-octubre 2007.